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28 de septiembre de 2003 En pos del paraíso sostenible De cómo tres hombres dos extranjeros y un costarricense cambiaron para siempre una región en las afueras de Dominical. Se está dando una nueva evangelización en las afueras de Dominical, en Costa Rica. Los "evangelistas" escogieron esta tierra para llevar adelante una cruzada conservacionista. Llevan el cayado del ecoturismo, pero los turistas que "pastorean" en la zona representan solamente un medio para alcanzar un fin. | ||
| Costa Rica es tierra sagrada para
los conservacionistas tropicales. Hay en este país suficientes historias
como para llenar un libro enorme y uno de sus capítulos trataría,
sin duda, sobre el Refugio de Vida Silvestre Hacienda Barú.
Todo se remonta a 1972, cuando el finquero Jack Ewing emigró de Colorado, Estados Unidos, para manejar una empresa ganadera en Dominical. Encontró que el bosque de la zona había sido reducido a potreros con parches de vegetación boscosa. Solo dos pequeños bosques sobrevivían en la llanura costera y el espacio que había entre ambos era entonces propiedad del ganado. |
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Ewing regía sobre este inmenso paraje que más
adelante se convertiría en refugio. La primera anécdota
de que tiene memoria data de 1973. "Su perro, Loco, realmente enloqueció
con todos los animales de la selva que veía: gatos, zorros pelones,
iguanas y pizotes".
Un día, en las cercanías del río Barú, Jack
divisó un joven mono cariblanco que bajó de los manglares.
Decidido a llegar al otro lado del bosque, el animal se lanzó en
una peregrinación sobre el medio kilómetro de potrero. Cuando
Loco lo miró, corrió tras él, pero el primate rebotó
en el aire y aterrizó sobre el lomo del perro. Lo montó
como si fuera un caballo, le metió los dedos en los ojos, le mordió
las orejas y le rasguñó las patas". El perro huyó
aullando. Los signos del "llamado" Más tarde ese mismo año, Ewing sembró cercas vivas en los potreros. Cuando los palos crecieron unos cuantos metros, él notó que los monos ya no cruzaban por tierra, sino usando los árboles, y conforme estos se llenaron aún más de follaje, otros animales como perezosos, martillas, zorros pelones, iguanas y olingos empezaron a frecuentarlos también. Habían nacido los primeros corredores de vida silvestre en Barú. Otro signo sugerente de que la vida de Jack estaba a punto de cambiar para siempre, sucedió el día en que un cazador de la zona le mostró un manigordo que acababa de matar. Si bien Jack había perseguido algunas especies en Colorado, sintió mucha lástima de ver muerto a este ejemplar. Temió que fuera el último manigordo de aquellas latitudes y fue tan intenso su sentimiento que se propuso nunca volver a cazar. Tres años después, en 1976, se había involucrado con un par de socios en el negocio del turismo. Aunque había planes gubernamentales de hacer una carretera a 3 kilómetros de la costa, sus socios no estaban muy convencidos de que la gente quisiera pagar por conocer un bosque lluvioso. La carretera empezó a construirse en 1980 y, pese a que la zona seguía siendo mayoritariamente ganadera, Ewing elaboró un plan de manejo para el área. Pensó que quizá valdría la pena intentar que creciera del nuevo el bosque en unas 100 hectáreas. "Le gustará al turismo," se dijo Jack. Juan Ramón y Steve Pasaron otras cosas. En 1991, llegó a tocar su puerta en busca de trabajo, don Juan Ramón Segura. El hombre padecía de una úlcera sangrante pero, tras titubear un poco, Ewing lo contrató como guardabosques con la misión especial de que impidiera la acción a los cazadores. Para sorpresa de ambos, un tiempo después de haber llegado, sanó su úlcera y mejoró notablemente su salud. Años después, Juan Ramón se había convertido en el principal guía turístico de Barú. Se consolidaba la misión conservacionista que inspiró a Jack en el pasado. Las "predicaciones" de Jack comenzaron a atraer a más personas, gente venida desde lejos. Uno de ellos fue Steve Stroud, un licenciado en negocios internacionales que quería laborar en el campo y este deseo lo trajo hasta Costa Rica, donde fundó una empresa ecoturística. Su llegada produjo un salto enorme en la hacienda Barú. Si bien fue a mediados de los años 80 cuando Jack cobró por primera vez por el derecho a hacer una caminata en el bosque, en 1992 Steve revolucionó el negocio al inventar el primer recorrido por las copas de los árboles sobre plataformas elevadas. Un año más tarde, compró las acciones a los socios de Jack y llegó a ser el accionista mayoritario de Barú. Sus gestiones recibieron aval gubernamental en 1995, con un decreto emitido por el presidente José María Figueres en el cual se declaraba a las 333 hectáreas de la hacienda Barú como refugio de vida silvestre nacional. Siguió la contratación de más guías, el desarrollo
de nuevos productos turísticos y la construcción de seis
cabinas. Empezaron a promocionarse excursiones para pernoctar en el bosque,
viajes para escalar árboles y caminatas. Protección ante todo Jack Ewing supo con claridad que su misión no era el turismo, sino la protección de las áreas naturales. "Pero tengo que ganarme un sueldo; el turismo ecológico me da de comer", se justificaba. Vendrían nuevos conceptos por los cuales luchar. Ahora Jack predica el de "paraíso sostenible" y cita los casos de Puntarenas, Jacó y Manuel Antonio, como destinos que alcanzaron la cima de la popularidad turística y más tarde se desplomaron por la destrucción que produjo un turismo excesivo y mal planificado. En Dominical, Jack no ha perseguido nunca una "ascensión meteórica", sino un mayor crecimiento turístico en "paz con la naturaleza" en el largo plazo. Con ese fin, ayudó a crear en 1987 la Asociación Amigos de la Naturaleza, un grupo local que negocia con terratenientes para obtener el derecho de desarrollar en sus terrenos corredores naturales que vinculen la vida silvestre de la región. Por su parte, Steve trabaja ahora en San José, donde elabora un plan de largo plazo para la "transformación final" de Barú. Posteriormente, su plan es tomar el modelo implementado en Barú y repetirlo, con las variantes necesarias, en otros lugares en Costa Rica. ¿Y Juan Ramón? Sin él, Jack Ewing afirma que jamás habría puesto a volar su sueño. Él sigue involucrado con diversos proyectos de conservación en la zona. "La selva es mi iglesia. Los árboles son las paredes. El cielo es el techo y los pájaros son los ángeles. Siento el alma del bosque", comentó en una entrevista reciente.
Jon Kohl es escritor independiente de temas de conservación. |
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March 22, 2005